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Agricultura

Cómo la agricultura ha convertido un desierto en un vergel. La Huerta de Europa.

Autor: José Miguel Mulet

Actualmente la huerta de Europa se encuentra en las provincias de Almería y Murcia. La mayoría de los pimientos, pepinos y tomates que se consumen en cualquier lugar de Europa se han producido en alguna de estas dos provincias, por no hablar de las lechugas, brócoli, coliflor, melón, col, alcachofas o berenjenas.

¿Cómo se ha llegado a que una zona que hace apenas 50 años era un desierto hoy sea capaz de proveer de hortalizas a un continente entero?

El principal factor limitante, por supuesto, es el agua , el oro azul. Tan escaso como preciado. Los antiguos sistemas de acequias árabes permitieron la agricultura durante siglos, pero tenían el problema que se perdía mucha agua. Técnicas como el riego “a manta” (por inundación) suponían malgastar un bien preciado. Para evitarlo se utilizaban soluciones de urgencia, como regar por la noche para minimizar la evaporación. Sin embargo, esta técnica de riego tenía otro problema.

Al cabo de los años, el riego continuado y la evaporación ocasionaba que las sales disueltas en el agua se fueran acumulando y esto acabara salinizando el suelo y haciéndolo impracticable para el cultivo. El problema se solventó con técnicas como el riego por goteo que solventaba la pérdida del agua y el desarrollo de los invernaderos, que permitían, entre otras cosas, mantener la humedad y evitar la evaporación. De esta forma lo que era un desierto que se utilizaba para rodar películas de vaqueros acabó proveyendo de hortalizas a toda Europa.

Pero el tema no fue fácil, a cada logro aparecían nuevos problemas. Empezar nuevos cultivos suponen tener que enfrentarse a nuevas plagas. Cualquier cultivo tiene insectos, bacterias, hongos o nemátodos que les encanta alimentarse de él. En un entorno cerrado y controlado como un invernadero o un campo de cultivo, a falta de enemigos naturales, pueden crecer sin ningún tipo de control y arrasar la cosecha. El problema no es nuevo. La filoxera, un pulgón procedente de Estados Unidos, arrasó con gran parte de las viñas europeas a principios del siglo XX.

En el siglo XIX un hongo, el Phytophthora infestans (mildiu) acabó con la cosecha de patatas en Irlanda y causó la gran hambruna que provocó que la población cayera en un 25%. A medida que los medios de transporte se hicieron más rápidos y eficientes la gente pudo viajar distancias mayores en menos tiempo, pero a veces, con los cargamentos de comida o con los propios viajeros, había polizones indeseados que podían acabar convirtiéndose en plagas. Por eso, a medida que avanza la historia el tiempo las plagas empiezan a hacerse cada vez más frecuentes , y así hasta nuestros días.

Por ejemplo, la Xylella fastidiosa era conocida desde el siglo XIX en Estados Unidos donde afectaba a las viñas, pero de forma poco preocupante, hasta que una cepa que llegó a Italia contaminando unas plantas ornamentales está causando una catástrofe en los olivos para la que todavía no tenemos una solución válida. El picudo rojo es un escarabajo de Indonesia que llegó a Europa en un cargamento de maderas tropicales y que ha causado estragos en los palmerales.

Que las plagas hayan sido un problema no significa que no podamos y debamos combatirlas, ya que como dice el dicho “con las cosas de comer no se juega”.

El dilema es, o combatir la plaga o quedarse sin comer. La utilización de productos químicos para combatir a las plagas no es un invento de la agricultura moderna, sino que desde siempre se ha utilizado cualquier herramienta que se tenía a mano. Si uno lee un libro de agroquímica de hace 50 o 100 años se echa las manos a la cabeza por que se utilizaban productos que llevan muchos años prohibidos y no se tenían en cuenta conceptos como el impacto ambiental o la seguridad para el agricultor o el consumidor.

Desde una óptica actual es difícil de entender, pero eso sería caer en la falacia del presentismo, que es juzgar circunstancias del pasado con el contexto de la actualidad. En aquella época se pasaba hambre, mucha hambre, y lo importante era producir comida, y tampoco había disponibles datos científicos sobre el impacto de los fitosanitarios en el medio ambiente. Y no olvidemos que si ahora estamos aquí es porque nuestros abuelos y bisabuelos no se murieron de hambre. En la actualidad las circunstancias han cambiado. El avance en las tecnologías agrícolas ha permitido que el hambre haya desaparecido de España y vaya en retroceso en el resto del mundo, a pesar de que la población sigue aumentando.

Desde hace tiempo para aprobar cualquier fitosanitario se tiene que pasar un estricto control de efectividad, así como de seguridad para el agricultor, certificando su seguridad si se aplica de manera adecuada y de que su impacto ambiental es bajo, ya sea por afectar a la plaga de forma muy específica y por degradarse en un tiempo prudencial y no dejando rastro en el medio ambiente.

La paradoja es que ahora que existe un control estricto sobre la utilización de fitosanitarios, que tenemos protocolos sobre su uso y establecido un límite máximo de residuos, que es tremendamente restrictivo, es cuando la gente tiene más miedo, un miedo injustificado, del que ya hablé en un artículo anterior. Y aquí viene el problema, porque a veces, llevados por este miedo se hacen leyes muy restrictivas y se prohíben productos seguros “por precaución”, privando a los agricultores de herramientas útiles para el control de plagas. Y ese es el problema que tiene ahora el campo europeo, ya que los mismo fitosanitarios que se prohíben en Europa se utilizan fuera de Europa para producir hortalizas que luego se importan. Una situación aberrante que en algún momento debemos de replantearnos.

Gracias a la tecnología y a la ciencia hemos conseguido mejoras en riego, invernaderos y fitosanitarios que han permitido que Almería y Murcia sean la huerta de Europa . Esperemos que el miedo a la ciencia no nos haga perder la posición que tanto esfuerzo y dedicación de nuestros agricultores ha costado conseguir.

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Autor: José Miguel Mulet

Autor: José Miguel Mulet

Catedrático del departamento de Biotecnología de la Universidad Politécnica de València y divulgador científico. Autor de la sección Ciencia sin ficción en El País Semanal​ y del blog Tomates con genes.

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